Por: Noel Aguirre Ledezma*

LA PAZ / 18 de febrero de 2022 / 01:38


Desde hace dos años, como efecto de la emergencia sanitaria provocada por el COVID, más de mil millones de estudiantes del mundo que deberían estar en sus unidades educativas se quedaron en sus casas y, en condiciones precarias y mientras podían, sostuvieron la continuidad de actividades educativas mediante clases a distancia, principalmente en línea. Con el paso del tiempo y por sus efectos, la pandemia se convirtió en sindemia, es decir, simultáneamente enfrentamos dos enfermedades, una de carácter biológico y otra social. Los impactos de la sindemia son severos, afectan a la salud, sobrevivencia, pobreza, desigualdad, estabilidad laboral y producción que, con justa razón, son motivo de preocupación y búsqueda de soluciones. Pero, en el conjunto de esta problemática, queda pendiente de mayor comprensión y atención un asunto que afecta a generaciones de la población mundial, se trata de personas — principalmente niñas, niños y jóvenes— que no solo asistieron a clases presenciales sino que se hacen parte de los marginados de la educación, de las tasas de abandono y rezago, del acceso desigual a la tecnología, del aislamiento social, y fundamentalmente de la deficiente calidad de los aprendizajes: “pobreza de aprendizajes”. Es más, como señalan distintos estudios realizados, estos impactos son mayores en las familias pobres de todos los países.

Una de las lecciones de la sindemia es que la educación virtual no contribuye a la formación integral ni tampoco garantiza la calidad de los aprendizajes y es un factor determinante de mayor desigualdad y pobreza. La educación es mucho más que instrucción; la educación es un proceso que se desarrolla en la vida, de la vida y para la vida. No es que se propone prescindir de la tecnología sino la necesaria complementariedad con la educación presencial como parte de una pedagogía renovada y de valor social, cultural y económico para las personas, familias, comunidades y sociedad.

En estos periodos, al igual que la reactivación económica y la atención en salud, la educación, y con ella las clases presenciales, tiene que ser un tema de prioridad para la sociedad. Sin embargo, esta situación parece no comprenderse. Quizá eso explica que existan grandes sectores de población que a pesar de la sindemia toleran, promueven y hasta establecen acuerdos y convenios para la realización de concentraciones, de eventos públicos y los carnavales, y no se promocionen alianzas para resolver los temas acuciantes de la educación en periodo de sindemia.

Ahora más que nunca la educación requiere de voluntad política, medidas y presupuestos extraordinarios y relevantes. Como establece la norma en vigencia, para que los estudiantes participen en condiciones de bioseguridad de las clases semipresenciales o presenciales, se requiere que los municipios aseguren que todas las unidades educativas cuenten con agua, sistema sanitario, energía eléctrica, jabones, termómetros y todo equipamiento necesario para disminuir las posibilidades de contagio.

También se precisa convertir la experiencia dolorosa de la sindemia en un motivador de acciones educativas; que aprendamos el valor de la comunidad y solidaridad para que los distintos actores educativos (estudiantes, maestros, padres y madres de familia, autoridades, etc.), cada uno con el rol que le corresponde, contribuya a la solución de estos momentos críticos; que aprendamos a organizarnos y a establecer estrategias que permitan enfrentar la emergencia; que la vacuna y otras formas de prevenir y curarnos sean motivo del debate y realización de ferias públicas de diálogo entre las unidades educativas y la comunidad; que aprendamos a curarnos y cuidar de nuestro bienestar psicológico, social y físico; que reconozcamos las causas y consecuencias de la sindemia; que la sindemia se convierta un eje transversal y articulador del desarrollo de las áreas curriculares; que demos prioridad a la atención de las poblaciones en situación de vulnerabilidad; que comprendamos que el COVID favorece a ciertos sectores e industrias que incrementan su poder y ganancias frente al crecimiento y diversificación de la pobreza de la mayoría de la población; etc.

La sindemia no puede ser pretexto para pensar solo en pasar clases y descuidar la calidad y equidad de los procesos educativos y aprendizajes. La educación tiene que seguir su proceso de transformación para responder a los retos históricos que plantea el contexto.

*Es educador popular y pedagogo. Fue ministro de Planificación del Desarrollo y viceministro de Educación Alternativa y Especial.

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