Por: Jorge Richter Ramírez


“Hace unos cincuenta años, en 1968, tras los grandes amotinamientos raciales habidos en todo el país, el presidente Johnson nombró una comisión para determinar las causas del fenómeno, entidad cuyas conclusiones, por desgracia, siguen teniendo validez hasta hoy: ´Nuestro país está evolucionando hacia dos sociedades distintas, una negra y la otra blanca, ambas independientes y desiguales´. Surgía allí la imagen de una nación en la que los afroamericanos se enfrentaban a discriminaciones sistemáticas, a una educación y unas viviendas deficientes y una falta absoluta de oportunidades económicas: para ellos no existía el sueño americano”. El premio nobel de economía Joseph Stiglitz es el autor de estas palabras que, cuando revisamos nuestra construcción societal, encontramos trazos de similitud que hoy, entre varios factores, procuran entender y explicar las tensiones y confrontaciones sociales de nuestro país, que además se van ramificando hacia lo económico y social.

El agotamiento de lo que algunos llaman el “modelo cruceño” y la necesidad de establecer un debate sobre lo que unas voces interesadas de la acción política e institucional quieren circunscribir únicamente a las capacidades productivas de la región no se reduce monotemáticamente a la cuestión económica/productiva. Política, economía y sociedad están profundamente entrelazados. Cuando las sociedades construyen desigualdades económicas estas se replican en breve tiempo en desigualdades sociales e inevitablemente también en profundas asimetrías políticas de representación.

EL conocido profesor francés Thomas Piketty escribe en uno de sus últimos libros: “Los dos países que habían optado por el ultraliberalismo, con Reagan y Thatcher en la década de 1980 y que desde entonces habían experimentado un mayor aumento de la desigualdad, han decidido tres décadas más tarde optar por el nacionalismo y una forma de retorno a las fronteras y la identidad nacional… este cambio expresa el fracaso del reaganismo y el thatcherismo. Las clases medias americanas y británicas no se han beneficiado de la prosperidad prometida por el liberalismo integral”. Las exportaciones indiscriminadas sin reparo en el mercado interno, la financiarización, el capital y la producción itinerante y la globalización son elementos que no van protegidos de respaldo social y, los modelos políticos con esencia popular -fundamentalmente en Latinoamérica- interpelan estos manuales de economía generadores de marcadas anomalías sociales, políticas y económicas. Los modelos, donde los superricos buscan obstruir y desempoderar a quienes movilizados popularmente reclaman las disparidades, han creado sociedades con economías disfuncionales y ordenes políticos desproporcionados. Entiéndase que toda desproporcionalidad del orden político social carente de equilibrios en la representación es un conductor de tensiones y conflictologias.

Analicemos aquello que los sectores liberales/conservadores de Santa Cruz llaman el “modelo cruceño”. Acá la cuestión central es compartir la prosperidad y ello no se reduce únicamente a las capacidades del mercado y a la mano invisible de Adam Smith como mecanismo natural hacia el bienestar, de hecho, Smith reconocía las insuficiencias del mercado y la necesidad de acciones gubernamentales para corregir complementariamente. Mercado y políticas gubernamentales posiblemente nunca serán perfectas, pero requieren complementarse para, como, por ejemplo, corregir el desempleo. Tampoco el “modelo cruceño” (el gentilicio asociado intenta conferir un cierto orgullo nacionalista/regional que lo dote de legitimidad en una supuesta base social de apoyo) puede pensarse desde la perspectiva única de la productividad. Compartir la prosperidad exige trabajar en igualdad de oportunidades integrales, y esto es la búsqueda de acciones que permitan salir de la base de la pirámide social/económica/política para ascender hacia la cima, esa movilidad social, dada por un fuerte factor aspiracional en Santa Cruz es lo que ha quedado en evidencia negativa, la base social es demasiado ancha para que el “modelo” pueda acreditarse exitoso. Acá la explicación tiene connotaciones sociológicas. El modelo se agota porque su principio rector lo ha convertido en excluyente. Sus capacidades productivas exitosas no logran hoy disimular la cooptación de una sociedad que está alejada del formato privatizado del poder político, que monopoliza la institucionalidad en su beneficio (como es el caso también de los ítems fantasmas) en espacios que son controlados por clanes familiares, organizados en poderes cerrados y privados, expresión estructurada de logias que parcelan sus áreas de control y poder, y que extendidamente toman para sí la representación política, siendo a su vez los principales acumuladores del excedente económico que produce la región. 

El Círculo de Hierro se ha construido en diferentes formas y tiempos, pero siempre bajo un mismo patrón: clanes familiares y castas políticas, oligarquías económicas y poder privado de logias. Todo ello integrado en una sola dirección: dominio integral de la región. Los estudios que investigaron el poder de las logias señalan el tránsito que estas recorrieron en la historia cruceña. Se organizan confrontacionalmente como una reacción ante la llegada de miles de migrantes, como barrera a las ideas socialistas y comunistas en expansión a fines de los años setenta y en defensa de las instituciones cruceñas.  Las dos logias predominantes en Santa Cruz no han dejado, desde entonces, institución alguna que no esté bajo su control. Sus administraciones son controladas y pactados los nombres de sus directivas. Cooperativas de servicios, cooperativas financieras, colegios de profesionales, clubes sociales, federaciones de profesionales, de industriales y de fraternidades entre otras entidades se encuentran bajo su rectoría. Este poder político, económico y social no deja espacio para el cruceño y cruceña no privilegiado y que conforma la mayoría de la población.

Este modelo agotado y envejecido es un modelo de beneficios por goteo y reticente a incorporar factores redistributivos de la riqueza. Se acumulan los excedentes económicos en el Círculo de Hierro; la representación política surge del Círculo de Hierro y las decisiones están en el Círculo de Hierro bajo la apariencia de Comité Cívico; las instituciones obedecen al Círculo de Hierro. Las lógicas propias del neoliberalismo exacerbadamente individualista y excluyente en lo social y político se han instalado como la constante e histórica dicotomía: ¿riqueza para unos pocos?  Siendo esta una realidad palpable, la necesidad de democratizar las instituciones, la representación política y la redistribución del excedente económico es una obligación correctiva urgente, que debe alcanzar a un poder de pocos que tiene retenido el poder democrático y plural de todos. La ofrecida ilusión de un éxito económico que no llega al bolsillo de las mayorías se convierte en un hecho evanescente porque también margina y excluye socialmente, es entonces cuando se direcciona hacia la tensión social y se abonan los índices de criminalidad. En una situación con semejanzas, Joseph Stiglitz decía: “Debemos enterrar nuestra arrogancia respecto a nuestro propio sistema económico, pues debería quedarnos claro que tiene serias limitaciones, en especial cuando se trata de garantizar que la prosperidad sea compartida”. Un modelo de desarrollo no tiene perspectiva pacífica si en su mismo territorio deben convivir forzadamente dos sociedades y una de ellas excluye y aparta a la otra.

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