Por: Jorge Richter Ramírez


Lo que asfixia a la derecha boliviana no es el largo tiempo de una vida política errabunda, vacía de pensamiento y sin miradas propias del país que ambicionarán construir. El fondo de ese extravío se explica en la carencia de una identidad propia y nacional y en el alejamiento casi natural de dos factores sustanciales que concluyen siéndoles extraños: las injusticias instaladas en la sociedad y su incomprensión de las formas construidas y necesarias de libertad e igualdad social.

Agustín Tosco, aquel dirigente sindical argentino que tributó su vida, infatigablemente, por los derechos de las clases trabajadoras, protagonista determinante en la gesta conocida como el Cordobazo, (protesta obrero-estudiantil, acaecida en Córdoba-Argentina los días 29 y 30 de mayo de 1969, en oposición a la dictadura militar presidida por Juan Carlos Onganía) dejó un pensamiento y una reflexión de compromiso infinito: “…Hago lo que hago porque quiero a la justicia. Si bien yo nací en una familia de pequeños propietarios y no he experimentado la injusticia que sufre tanta gente, tantos trabajadores, sé que no sólo lucha contra ella quien la padece, sino también quien la comprende”. Sin un sentido de las injusticias que inciden determinantemente en la vida y dignidad de hombres y mujeres, no es posible transitar el camino de la demanda interminable, la urgente profundización de la democracia. El conservadurismo nacional padece de ello.

En noviembre de 2019 los grupos conservadores, los de radicalidad extrema y aquellos contemporizadores con el centro político articularon esfuerzos para componer, tras largos años de ausencia en la administración del Estado, la ofensiva antidemocrática. Los ejes discursivos utilizados en referencias constantes a “recuperar la democracia”, a “retornar a la libertad y la institucionalidad del Estado” y al “fin del autoritarismo” solapaban la pretensión última: un desembarco en el Estado con fines de urgencias personales, de grupo y corporativas siempre económicas y nunca en perspectiva histórica transformadora. El concepto de Estado no tenía sustancia ideológica, se simplificó exclusivamente en una mirada utilitarista de vaciamiento económico. Las estructuras ocultas en la lógica policial que construyó el noviembrismo, con perfiles propios de crimen organizado e internacionalizado, develan la esencia de una derecha que rastreó el poder y la administración del Estado en una perspectiva de posibilidades eventuales de apropiación y uso personal. Albert Camus expresó una máxima de dimensiones inagotables en el tiempo y que aplica al interés en referencia al poder: “Se trata de servir a la humanidad con medios que sigan siendo dignos en medio de una historia que no lo es”.

La urgente inclusión social en la construcción de una sociedad equilibrada que diluya las formas de discriminación a sectores sociales marginados históricamente, condenados a vivir en la periferia de las decisiones políticas y la vida social, prueba que las clases dominantes resisten en formas que generan nuevos antagonismos. El conservadurismo en Bolivia ha desarrollado un imaginario de democracia que tiene en el concepto solo un beneficio discursivo, actuando en la práctica con métodos sobrecargados de autoritarismo e intenciones regresivas a las viejas lógicas del Estado noventista, esto es, una clase media radical y dominante como única articuladora de la administración de Estado y sectores sociales y populares con representaciones marginales.

La ofensiva antidemocrática

Lo que la derecha conservadora hace en el país es cuestionar el Estado Plurinacional, las formas de inclusión social y la capacidad lograda por los movimientos sociales de articular un enorme bloque con toda la corporatividad popular en conductas electorales homogeneizadas hasta consolidar una potencia electoral casi invencible. La negación del país plural y diverso, su desprecio racializado por la gente campesina, originaria e indígena en un maltrato que llega a las culturas ancestrales y a las nuevas identidades ya hoy politizadas, los convierte en representantes de la intolerancia y la hostilidad sempiterna.

Los procedimientos de poder expuestos por el noviembrismo en 2019 evidenciaron el ánimo de implementar un Estado Policía a partir del cual se reconfiguraron las intervenciones del mismo, disminuyéndolas para favorecer las prácticas neoliberales. El nuevo neoliberalismo se exaspera con las formas manifestadas por los movimientos sociales, las identidades y las maneras colectivas de comprender la libertad. La ofensiva antidemocrática es la presencia del neoliberalismo impaciente, la exaltación de la libertad individual extrema que estando carente de posibilidades democráticas y electorales recurre a los inéditos formatos que sugiere el neogolpismo. La libertad ultraindividualizada fragmenta el movimiento popular. En palabras de E. Hayek, “la democracia es esencialmente un medio, un instrumento utilitario para salvaguardar la paz interna y la libertad individual”. El sentido de Hayek apunta a un retorno de las formas duras de un capitalismo de mercado que desprecia la conformación de estados fuertes; Robert Nozick con su planteamiento del estado mínimo, restringido únicamente a funciones de orden y establecimiento de la ley; Brzezinski y la sugerencia de “separar el sistema político de la sociedad y empezar a concebirlos como entidades separadas”. Los actuales teóricos de la nueva derecha en el mundo que interpelan, en un extremo preocupante, el sufragio universal. Alain de Benoist se expresa al respecto diciendo que “la democracia pone a todos los individuos en un mismo plano haciendo caso omiso de las importantes diferencias que existen entre ellos. Siendo el resultado una uniformización y masificación de los ciudadanos, lo que revela el carácter necesariamente totalitario de la democracia”. En suma, un vasto desarrollo de quienes construyen sus ideas en el lado derecho del pensamiento político.

Carentes incluso de estas ideas, el conservadurismo boliviano se ve comprimido a una voz en el vacío mientras aguarda un error histórico del movimiento popular. Pero cuando ya su paciencia se reduce a grados no administrables, operan en la subversión, la desestabilización y la gesta rupturista. El por qué buscan el poder del Estado ya no es una cuestión filosófica e ideológica, si no el enorme atractivo de los beneficios que concede la desmantelación de la estructura estatal.

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