Por: Camilo Katari


El uso de la fuerza pública del Estado para asesinar al pueblo es el límite de la democracia. El principio del “uso legítimo de la fuerza” que se atribuye el Estado, en realidad es la libre disponibilidad, para reprimir y masacrar al pueblo a quién deberían proteger. 

Estas masacres amparadas en la ley, son una costumbre “democrática” en América Latina, gobiernos de turno que imponen políticas empobrecedoras para unos y de grandes fortunas para otros.

Colombia está sufriendo el uso “democrático” de la violencia, un país donde las Guerrillas de las FARC tomaron el difícil camino de la paz, y cuyo resultado ha sido la pérdida de sus dirigentes, en sucesivas muertes selectivas, a la par dirigentes sociales, defensores del medio ambiente, mujeres dirigentes, han caído en esta guerra no declarada que se vive en Colombia.

El sistema “democrático” en Colombia ha permitido que una casta se apropie del poder político, y someta al pueblo a sus intereses de clase. Es la trágica historia de la gran mayoría de los pueblos del Abya Yala.

En América Latina, se ha tratado de imponer discursos que miren a Cuba, Venezuela y Nicaragua, como los “malos” ejemplos, en todos los países la derecha política y los poderes económicos repiten el mismo eslogan “No queremos ser como Venezuela, como Cuba” ¿y qué es ahora Colombia? Un lugar de muerte.

Para hablar de la violencia en Colombia, es prudente recordar Las Venas Abiertas de Eduardo Galeano: “…durante diez años, entre  1948 y 1957, la guerra campesina abarcó  los minifundios y los latifundios, los desiertos y los sembradíos, los valles y las selvas y los páramos andinos, empujó al éxodo a comunidades enteras, genero guerrillas  revolucionarias y bandas de criminales y convirtió al país entero en un cementerio..” una de las guerrillas optó por la paz, por la democracia, pero las bandas criminales siguen con su secuela de muerte.

Conocemos la violencia, conocemos de muertes y detenciones, pero también conocemos de victorias populares y del coraje de los pueblos, por eso tenemos la fe puesta en esos miles de jóvenes, en la minga campesina, en las mujeres que ven caer a sus hijos, tenemos fe que finalmente llegará la victoria popular. No queremos la paz de los cementerios que nos dieron las dictaduras militares, tampoco queremos una paz “democrática” cuando se encubren asesinatos con el eufemismo de “falsos positivos”.

Los discursos y promesas no podrán borrar la sangre de las calles de Cali, Siloé, y las otras tantas ciudades que no pueden mostrar sus muertos, la complicidad de los medios de comunicación es tan evidente, como lo es en Bolivia, que sólo quedan las redes sociales para dimensionar las masacres en Colombia. La complicidad con el gobierno de Duque-Uribe por parte de medios de comunicación privados desde Bolivia es algo que asombra, porque no muestran la dimensión de la masacre que sufre el pueblo colombiano.

Finalmente, pese a los pesares los pueblos definen su destino, y esperamos que ese día esté más cerca que lejos en una Colombia donde la “sangre del pueblo hoy se derrama”.

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