Por: Verónica Córdova
La Paz / 28 de marzo de 2021 / 00:46


“Hace ya muchos años, no importa contar cuántos, durante una dictadura mataron a Luis Espinal. Había ido al cine, a ver una película llamada Los desalmados para escribir sobre ella su crítica cinematográfica semanal. Cuando volvía a su casa, a eso de las 10 de la noche, otros desalmados lo secuestraron y lo torturaron antes de matarlo con 17 balazos.

Los compañeros del Semanario Aquí —con quienes tuve el privilegio de colaborar, hace tantos años que no vale la pena contarlos— comentaban que a todos les dolió mucho la pérdida de Lucho Espinal, pero a nadie le sorprendió demasiado. La dictadura lo tenía fichado. Habían atentado contra el Semanario. Había recibido amenazas, algunas veladas y otras no tanto. Pesar de todo, él no se callaba.

Hay un límite imperceptible entre la prudencia y la cobardía, escribió en sus Oraciones a quemarropa.

La dictadura mató a Lucho Espinal porque denunciaba los abusos, porque no justificaba las masacres, porque se ponía del lado de las víctimas. Resulta paradójico que él haya sido, justamente, fundador de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos —cuya Presidenta actual defiende a militares, policías y políticos que cometieron abusos, dispararon contra pobladores desarmados y justificaron la masacre culpando a las víctimas.

Resulta paradójico también que Luis Espinal haya sido docente de la misma Universidad que está en el centro de la polémica, por unas reuniones que se llevaron a cabo en sus instalaciones en noviembre de 2019. Y que haya sido sacerdote, miembro de esa misma Iglesia que salió esta semana a defender esas reuniones.

A veces no poseemos el espíritu de Cristo, sino solo las costumbres externas; y en nombre del cristianismo, somos intolerantes e injustos…

En nombre del retorno de la Biblia al Palacio de Gobierno, se interrumpió el proceso democrático a costa de violencia. A golpes, quemando sus casas, secuestrando y amenazando a sus familiares se obligó a renunciar a quienes les correspondía asumir el mando. Grupos paramilitares, apoyados por la Policía amotinada, generaron adrede un vacío de poder que luego se “resolvió” pasando por encima de la Constitución y las leyes.

La presencia de dos asambleístas del MAS no legitima las reuniones en que se decidió a quién darle la Presidencia. Cuando los familiares de una víctima de secuestro negocian el rescate con los captores, eso no los hace cómplices del crimen.

Se dice que esas fueron reuniones de pacificación. Y sin embargo, una vez obtenida la “pacificación” y posesionada la señora Añez, el ejército recibió una licencia para matar que usó a cabalidad en los días siguientes. El resultado son 39 muertos.

Señor de la vida, enséñanos a trabajar para la paz y no para la discordia. Una paz, por supuesto, basada en la justicia.

¿Acaso es justo anunciar, como hizo Murillo, que los opositores serán cazados como animales? ¿Es justo detener a personas por el simple hecho de organizar un evento de solidaridad con las víctimas, como pasó con unos jóvenes de El Alto? ¿Es justo encarcelar a una mujer embarazada y dejar que pierda a su bebé tras las rejas, sin auxiliarla? ¿Es justo acusar a las víctimas de sus propias heridas o justificar una masacre, alegando que los que murieron pretendían volar la mitad de la ciudad y por eso era correcto acribillarlos sin misericordia? ¿Es justo callar esas terribles situaciones, avalarlas, santificarlas y defender a los culpables?

Líbranos del silencio del ahíto ante la injusticia social. Líbranos del silencio “prudente” para no comprometernos… Danos sinceridad, para no llamar prudencia a la cobardía, al conformismo, a la comodidad.

Lucho Espinal, como Jesucristo, no fue prudente ni diplomático.

Ellos clamaron: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Amén, les responde el pueblo boliviano.

*** Artículo publicado en La Razón

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