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LA PANDEMIA VIRAL COMO PRINCIPIO DEL “PANÓPTICO GLOBAL”

 Por Rafael Bautista S.*

 

Introducción geopolítica de “reflexión coyuntural”

Toda referencia a un llamado “nuevo orden mundial”, tiene su origen en la vocación imperialista que la modernidad desarrolla en cuanto proyecto de dominación universal. Las primeras elucubraciones de lo que podría significar ese pretendido “nuevo orden”, como un literal “gobierno mundial”, provienen de los servicios de espionaje jesuitas, allá por el siglo XVII. Ya en pleno siglo XIX, documentos jesuitas son filtrados por las agencias de inteligencia de las potencias europeas, que serán posteriormente usados por la Ojrana (la policía secreta de la Rusia zarista), para generar una de las primeras teorías de la conspiración: la conspiración judía, supuestamente develada en los famosos “Protocolos de Zion”.

La idea de un “gobierno mundial” es manifiestamente la expresión más acabada de la ideología imperialista, que se va perfilando en el diseño geopolítico pertinente a las necesidades crecientes del poder financiero. Esto se hará aún más apremiante en el capitalismo tardío y la ambiciosa política de crecimiento ilimitado (promovido por el mito del desarrollo); ese es el paso del Estado de bienestar al neoliberalismo, es decir, del triunfo del capital financiero sobre el capital productivo.

Recorte horizontal de profundidad de contexto

El desplazamiento y subordinación de la producción a las necesidades de acumulación exponencial financiera es, en realidad, lo que expresa la naturaleza misma del capitalismo. La posterior bancocracia (o actuales banksters) se expresa tempranamente en boca de Mayer Amschell Rothschild, perfilando al poder invisible como el verdadero poder: “denme el control de la moneda de un país y no me importara quién haga las leyes”.

Ese poder invisible ha sido siempre el lugar desde donde se despliega la política profunda como geopolítica: el lenguaje codificado que usa el imperialismo para auto-comprenderse y reconocer su naturaleza. En 1973, Henry Kissinger expresa, de modo manifiesto, la tendencia imperial: “controla los alimentos y controlarás a la gente, controla el petróleo y controlarás a las naciones, controla el dinero y controlarás al mundo”.

Un Imperio se define por ese apetito exponencial. En el mundo moderno, el capitalismo le brinda al factor exponencial imperial su base de posibilidad material: la explotación (del trabajo y la naturaleza) sin límites. Pero el factor exponencial persigue el infinito y lo único que justifica ese apetito es una pretensión divina. En ese sentido, todos los imperios anteriores se pretendieron divinos, pero sólo el imperialismo, como la más acabada ideología geopolítica moderno-imperial, hace de esa pretensión algo supuestamente posible. Ese es el significado de “Dios se hizo hombre” para el capitalismo convertido en religión.

Por eso la verdadera política no se define como política interna, sino como “política exterior” y, en el caso del imperialismo, eso es lo que define su geopolítica, como su más acabada doctrina e ideología moderna. Un Imperio nunca lucha por algo sino por todo. Pero ese todo no es una referencia cuantitativa sino cualitativa y ese es el carácter exponencial que se manifiesta como crisis y que hace, de la crisis, la forma de vida del capitalismo. Porque la vida no es infinita, es finita, y esa constatación o principio de realidad es incompatible con toda pretensión infinita. Eso provoca el desequilibrio creciente de una forma de vida que se constituye en una sistemática producción de muerte.

El todo, como pretensión exponencial, descubre una acumulación que no tiene límites y que enceguece las propias expectativas económicas. Esto es lo que se halla detrás de la acumulación como aspiración generalizada y del crecimiento económico como imperativo “racional”. Esto es lo que nos conduce a un punto crítico de no-retorno con el entorno vital y eso es lo que se conoce como “rebelión de los límites”. Eso significa “el grito del sujeto”. Su vulnerabilidad y fragilidad es lo que se expresa como grito, ante la irracional pretensión exponencial de una economía de la muerte.

Recorte vertical de densidad histórica

¿Cómo se calla ese grito? Porque no se trata de un grito sólo del presente sino de todos los tiempos. Si el sistema económico mundial y su “racionalidad” económica imperante es la que provoca irracionalidades, entonces se vuelve ciega de las consecuencias que provoca; por consiguiente, los efectos producidos son “externalizados” y, por mediación de la política, sólo le queda acallar, excluir y aniquilar toda resistencia posible.

Decía Dostoievski que el criminal siempre regresa al lugar del crimen. Precisamente, cuando se experimenta el fin (como crisis también exponencial) es cuando se regresa al origen; de ese modo, el sistema-mundo moderno, en plena crisis civilizatoria, vuelve a su origen, a la conquista, es decir, al genocidio como programa de vida, es decir, a la imposición de su propia sobrevivencia, aun a costa de toda la humanidad y la naturaleza.

En ese contexto, un “gobierno mundial”, en cuanto orden policiaco universal, se va haciendo más deseable cuanto más improbable se hace la vida misma en el mundo creado bajo el diseño imperial centro-periferia, es decir, el proyecto de sobrevivencia única del 1% rico del mundo.

Desde 1972 ya se tiene consciencia de la insostenibilidad de una economía del crecimiento. El proyecto neoliberal –que es el proyecto globalizador del 1%– no hizo sino agudizar aquello. Desde entonces, la promoción de teorías neomalthusianas por parte de los billonarios del 1% no hicieron sino incentivar la política de “solución final” y esto significa, ¿cómo deshacerse de por lo menos ⅔ de la humanidad?

La frase atribuida a la ex jefa del FMI Christine Lagarde lo manifestaba de este modo: “los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global, ¡tenemos que hacer algo y ya!”. Sea cierta o no, ya el 2012, el FMI, alertó de “las implicaciones financieras potencialmente muy grandes del riesgo de longevidad; es decir, el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”. Es decir, lo importante y vital es salvar la economía, no la humanidad y menos la naturaleza. Por eso un “gobierno mundial” a favor del 1% se propone, como una de sus prioridades, la llamada “racionalización” del aumento de la población mundial.

 

 

La “solución final” como prioridad imperial

Es sabido que el planeta puede albergar a toda la humanidad, pero no el sistema económico; el mercado mundial sólo permite ganadores en una lucha de vida o muerte. Por eso la sociedad moderna es, por definición, productora de desigualdades y, en pos del desarrollo y el progreso, siempre ha promovido la desigualdad como motor de la economía. Por eso el famoso “crecimiento económico” nunca ha significado la mejora de las condiciones de vida de las grandes mayorías.

Por eso, mercantilizar todo, es lo que promueve el neoliberalismo (también llamado “capitalismo salvaje”), y eso nos conduce a la situación actual. Lo que la pandemia del “corona virus” descubre, entre otras cosas, es la inoperancia sistémica de los sistemas de salud que, con el neoliberalismo, tienden de modo creciente a su total privatización. Lo que hace la pandemia es demostrar el sinsentido demencial de ofertar salud sólo a los que puedan comprarla; pues un contagio viral tiene también, como las necesidades del sistema económico actual, una tendencia exponencial, es decir, su afectación no mide límites.

No es sólo la globalización que hace vulnerables las políticas de contención sanitaria, sino que el propio diseño centro-periferia imposibilita todas las apuestas preventivas y terapéuticas que puedan proponerse los Estados de modo autónomo (la prontitud y la eficiencia de la contención china es posible, entre otras cosas, por su autonomía respecto a los protocolos occidentales que, hasta en Europa, van mostrando ser un desastre).

Este contexto es lo que hace más letal la diseminación de una pandemia semejante, cuyos efectos globales van describiendo una guerra no declarada pero desplegada de modo unilateral por la tentativa de pura sobrevivencia del orden unipolar pertinente a un imperialismo en crisis terminal. Una guerra ya denunciada desde personajes como Hassan Nasrala, líder del Hezbolá libanés, hasta Emmanuel Macron, presidente francés.

La pandemia como arma geopolítica

El corona virus surge de una combinación viral de laboratorio, cuyo oportunismo destaca, curiosamente, una deliberada direccionalidad hacia la población de mayor edad (los que representan aquel “gasto inútil” para el sistema económico que representa el FMI). Según el profesor Francis Boyle (de la Universidad de Illinois), desde el 2001, el gobierno gringo ha destinado 100 billones de dólares en una ofensiva guerra biológica; desplegando 400 laboratorios dentro y fuera de USA, empleando a más de 13.000 científicos en la creación de nuevas cepas de gérmenes ofensivos resistentes a las vacunas (por ejemplo, en la universidad de Wisconsin, el grupo de investigación del doctor Yoshihiro Kawaoka descubrió el modo de elevar la toxicidad de la gripe española en un 200%, para fines de guerra biológica que impulsa el Pentágono). Una gran parte del sistema académico gringo –desde Harvard hasta la Universidad de Chicago– ha sido cooptado por la CIA y el Pentágono para funcionalizar sus institutos de investigación a los fines que se proponen estas nuevas ciencias de la muerte (por lo que ya se sabe, el paciente cero o portador inicial del virus no parece de procedencia china, es más, la aparición del coronavirus se produce después de los juegos militares mundiales de octubre de 2019, donde participa el ejercito gringo y realizado curiosamente en la ciudad china de Wuhan).

En el caso del coronavirus se trata de un virus inteligente que posee llaves maestras que se abren paso en las células para reproducirse en su interior destruyéndolas y, desde allí, colonizar ámbitos cada vez mayores, produciendo en el cuerpo respuestas suicidas ante un agente invasivo sumamente agresivo; algunos investigadores incluso señalan que este virus ha sido mezclado con VIH para potenciar su letalidad y, de ese modo, atacar directamente al sistema inmunológico. No olvidemos que las enfermedades virales producidas anteriormente, como el ántrax o el ébola, ya auspiciaban modos de transmisión oportunos y contagio vertiginoso, además, cuyos tratamientos convenientes eran ofertados por las grandes corporaciones farmacéuticas en tiempo récord. Negocio redondo. Además, política fiel a las estrategias de injerencia imperial, como es el caso de la deuda: se destruye premeditadamente la economía de un país para que, en ese desangramiento, no tenga más remedio que recurrir a la deuda y, de ese modo, abrirse al saqueo sistemático de sus riquezas (desnacionalizando y privatizando todo).

En el caso de la presente pandemia, todo apunta a la reposición forzada de la hegemonía imperial a costa incluso de la economía del primer mundo. Frenar la expansión de la economía china se hace imperioso para sostener la vigencia del dólar, sobre todo desde el anuncio y la implementación financiera del petroyuan. Por eso tampoco es rara la consecuente debacle petrolera, que manifestaba una señalizada crisis de precios contra Rusia, pero que sólo va repercutiendo de modo sumamente negativo en la rentabilidad actual del petróleo y gas shale de los gringos.

Pero esta guerra desatada como guerra literalmente biológica, si tiene como fin frenar la expansión geotecnológica del gigante asiático (como es el caso del 5G), desangrar su economía y derrumbar su poder financiero, no cae en cuenta que, gracias a la misma globalización que ha promovido el Imperio, las repercusiones son decisivamente negativas para el propio centro. Por ejemplo, por el fenómeno de las cadenas globales de suministro, el derrumbe se globaliza y compromete definitivamente la ya resentida capacidad de recuperación financiera global después de la última crisis del 2008 (sin contar la habilidad china de aprovechar el contexto pandémico para realizar la denunciada “operación jaque-mate”, por la cual la mayoría accionaria de empresas globales estratégicas pasan a dominio del gigante asiático).

Fiel a la doctrina “core and the gap” o el mundo partido entre el cielo y el infierno, una guerra biológica como la actual, si bien va dirigida en principio al competidor más señalado por la hegemonía mundial, por conectividad global, termina amenazando al mundo entero, USA incluida. El mismo circuito del virus ya nos muestra una deliberada intención de hacer caer a los adversarios hasta ideológicos de la reposición imperial. Que la pandemia se disemine en Irán es otra muestra de un mapeo viral bastante sospechoso; también la intensidad que adquiere la pandemia en Italia, curiosamente, primer país europeo que se abre decididamente a la Nueva Ruta de la Seda impulsada por China: Wuhan-Corea del Sur-Teherán-Milán, la Ruta de la Seda hacia Occidente constituyen epicentros de la pandemia.

Europa ya se hallaba anulada geopolíticamente en el actual des-orden tripolar, pero con la pandemia del coronavirus, su misma sobrevivencia como “comunidad europea” es degradada a una decadencia hasta moral; expuesta últimamente por el presidente serbio Alexander Vucic, al desenmascarar la total y absoluta ausencia de solidaridad europea.

¿Qué sucede con el tercer mundo y, en especial, con Latinoamérica? La pandemia obligaría a paralizar toda la economía y hacer inútil la institucionalidad garante de la estabilidad política y social. Por eso se trata de una guerra, porque todos los propósitos nacionales se verían impelidos a reconstruir incesantemente el desangramiento económico producto de la implosión estatal que significaría una pandemia incontrolable. Toda esta estrategia ofensiva imperial constituye doctrina de reposición hegemónica que se vale de la implementación de guerras híbridas para imposibilitar completamente una respuesta soberana de los Estados periféricos.

Los límites del pretendido “gobierno mundial” como “panóptico global”

Un nuevo “gobierno mundial”, que emerge de la doctrina “core and the gap” (o proyecto Rumsfeld-Cebrowski), debe necesariamente de alimentarse de la soberanía cedida de los Estados cuando estos, sin posibilidad de reconstrucción nacional, hacen de la renuncia de su propia soberanía, una transferencia de legitimación absoluta al nuevo orden impuesto. En una guerra sin precedentes, en su etapa post-imperial, el Imperio se constituye en una policía mundial, convirtiéndose en el único garante de un mundo donde los negocios sean patrimonio exclusivo de aquéllos que puedan comprar estabilidad. La pandemia se constituiría como la amenaza constante que repondría prerrogativas hegemónicas ante un mundo en tensión constante e inflamación continua.

Pero esta planificada reposición hegemónica en un mundo ya no unipolar, sufre de la presencia del repuesto poder disuasivo nuclear que posee el gran aliado de China que, en definitiva, se constituye como la variable decisiva para frenar estas demenciales pretensiones. Así como China pudo enfrentar la pandemia con relativo éxito (ya que la conectividad global es siempre amenazante), así también Rusia no permite ser arrastrada a la derivada crisis petrolera y, de ese modo, la pandemia no hace sino confirmar el actual des-orden tripolar (anulando a Europa y desmoronando la frágil economía de USA y Canadá). La amenazada Ruta de la Seda ahora se podría constituir, bajo el auspicio del mandatario chino Xi Jinping –en conversación con su colega italiano Giuseppe Conte– en la nueva “Ruta Sanitaria Global de la Seda”, que terminaría de posicionar a China –para infortunio de los gringos– como nuevo líder mundial.

También Cuba gana moralmente y demuestra que no sólo posee el mejor sistema sanitario y de salud pública de todo el hemisferio americano, sino que le ofrece al mundo el “Interferón alfa 2b” como un tratamiento altamente exitoso (confirmado en la propia China). A estas alturas, resulta que, en una situación de crisis pandémica generalizada, Cuba sería tal vez el único país en las Américas que podría sobrevivir como nación, a una pandemia mundial, y eso no sólo debido a su envidiable sistema de salud pública sino a la capacidad inflexible que posee como pueblo organizado (y eso lo saben muy bien todos los huracanes que azotan el Caribe).

En la actual guerra biológica, a Latinoamérica le tocó, gracias a la repuesta capacidad de influencia de la geopolítica del dólar (auxiliada servilmente por la derecha latinoamericana), reafirmar su vocación oligárquica de vergonzosa servidumbre. Por eso el actual neo-monroeismo ya no necesita salir de boca de Trump, sino que es enarbolada por los nuevos cruzados que el evangelismo pro-gringo ha producido políticamente como fascismo-democrático.

Por eso los gobiernos de derecha viven esta pandemia como un literal apocalipsis y hacen de la cuarentena repetida una literal expiación nacional. Chile sería su máxima expresión que, mediante la militarización de la cuarentena, lograría restaurar el orden neoliberal amenazado por la protesta social. Todos los gobiernos adheridos al “Grupo de Lima”, con una devaluada capacidad de consolidar hegemonía política tendrían, gracias a la pandemia, la posibilidad “caída del cielo” de mantenerse en el poder por pura fatalidad. Si todo tiende a la militarización como “normalidad” social, entonces la política de miedo impuesta a nivel global tiene a Latinoamérica como el rehén idóneo para asegurar la reposición imperial.

El nuevo orden se convierte en “panóptico global” que demanda, por legitimación hasta social, un gobierno mundial militarizado. Se acaba con el Estado de derecho y con el derecho internacional, y en su lugar aparece una instancia supraestatal que se atribuye una existencia sobrehumana. Por eso la cuarentena aparece como el preámbulo de una “normalidad” siniestra, donde la humanidad misma apuesta por su propia aniquilación. En Bolivia ya se puede ver cómo el racismo citadino clasemediero unge a policías y militares de un aura hasta sagrado en la mantención de un régimen cuartelario al que se someten de modo voluntario, despertando una mentalidad de servidumbre crónica que produce el llamado colonialismo interno.

Todavía nadie se atreve a señalar que la cuarentena no sirve por sí misma. Si no hay políticas de prevención y tratamiento público eficientes, de nada sirve recluirse indefinidamente; para colmo provocando llegar al punto de insostenibilidad por las propias necesidades básicas. Taiwán, Singapur, Hong Kong, Seúl, por ejemplo, cuentan con pocos infectados –en relación a los países europeos– y en ninguno de estas ciudades se ha decretado la cuarentena ni el cierre de lugares públicos.

En ese sentido, la resistencia a la cuarentena de los pobres que viven al día, no representa una insensatez sino una llamada de atención a aquellos que hasta románticamente optan por la reclusión mientras cuentan con medios para resistir económicamente aquello (estos quienes vacían comedidamente los supermercados porque cuentan con los medios para asegurarse un acaparamiento desmedido, serán los primeros en colapsar ante la evidencia pronta que recluirse no constituye, de por sí, ninguna garantía).

Porque la cuarentena instaurada de modo generalizado no está pensada para prevenir el contagio sino para domesticar y adiestrar a la población al nuevo tipo de orden que se pretende perfilar como “panóptico global”. Otra vez, son los que viven al día, cuya economía no puede darse el lujo de una “cuarentena humanitaria”, quienes nos señalan un nuevo tipo de clasificación mundial que se viene instaurando por medio de una “normalidad” militarizada. Trump ya señaló que “el mundo se halla en guerra frente a un enemigo oculto”; en esa línea, Inglaterra prepara a su ejército para intervenir en caso de que se “rompa la frágil cohesión de su sociedad”.

El factor pueblo

Frente a la posibilidad de una “normalidad” militarizada, no queda más que acopiar sabiduría y esperanza organizada. Dicen los místicos que dos emociones son las primordiales, de las cuales se desprenden todas las demás: el miedo y el amor. El primero es contractivo mientras que el amor es, por naturaleza, expansivo. Por eso el tan denunciado ego (como ego-ismo) es producido por el miedo continuo y sistemático. Si quisiéramos definir críticamente al ego, no podríamos homologarlo al yo, porque el ego no es sino el propio sistema de autodefensa que se activa crecientemente cuando se experimenta el mundo como hostilidad; eso produce el encierre existencial que se manifiesta inevitablemente en la excesiva autoafirmación de uno mismo (incluso en la victimización).

El capitalismo provoca eso, mediante la radicalización del fenómeno competitivo. En la competencia hecha forma de vida, todos se vuelven enemigos potenciales. La forma social que instaura relaciones de dominio y explotación, destruye sistemáticamente toda forma comunitaria de convivencia recíproca y solidaria. Por eso el cine apocalíptico, promovido por Hollywood, retrata una humanidad sumida en la forma social, por eso acaba en el desastre y la aniquilación mutua.

La esperanza siempre estará del lado de aquellos que puedan producir comunidad como forma de vida. Así como los países que no estén tan globalizados podrán tener márgenes de sobrevivencia positiva en medio de la pandemia global, así también quienes reproducen comunidad podrán sobrevivir humanamente a una reclusión obligada. Para la subjetividad social, o sea moderna, o sea burguesa, después del capitalismo no hay nada; por eso su existencia no es capaz de vislumbrar algo más que no sea el eterno retorno de lo mismo. Sólo quienes se puedan imaginar, a sí mismos, en otro mundo, más allá de todo lo que signifique este sistema-mundo-moderno-occidental, tendrán la posibilidad utópica de trascender existencialmente los límites hasta espirituales del reino de este mundo.

El miedo es lo que activa la sostenibilidad de este mundo y su sistema económico, y es lo que no permite que se pueda trascender sus propios límites; como decía Domitila Chungara, el peor enemigo es el miedo, porque el miedo es lo que hace que se experimente la vida como fatalidad, sin esperanza posible (por eso la única apuesta del hombre sin alternativas es asegurarse la seguridad más insegura). Sólo la superación del miedo es lo que podría producir la alegría de vivir, porque la alegría verdadera consiste en hacerse esperanza; de eso se nutre la vida y nuestra vida, porque la alegría es hasta un vivificante que activa y potencia nuestro propio sistema inmunológico.

Por eso no es ridícula la encomienda de volver a lo natural (algo que hasta la medicina y la alimentación modernas han destruido); a consumir lo que nuestros antepasados nos enseñaron a cuidar y guardar, porque eso nos legaron como memoria, para ensenarnos que la vida nos cría para que también la criemos nosotros. Por eso los incas llamaron a esta nuestra tierra (la actual Bolivia) Kollasuyo, es decir, el lugar de los kollas, la cuna de los que curan y sanan.

La respuesta a un mundo enfermo no es la reclusión; eso es sólo la constatación de la inutilidad terapéutica que ha creado el mundo moderno y sus necesidades económicas. Pero podemos aprovechar incluso la cuarentena para restaurar la comunidad que presuponemos como pueblo. Ser pueblo es también ser esperanza y quienes se constituyen en pueblo, se constituyen en medicina y sanación moral para un mundo recluido en la pérdida de alternativas; porque quien trasciende su encierro sistémico se hace, a sí mismo, despertar para todos.

Estamos cerca de la pascua, de la fiesta de la liberación. Un pueblo se liberó después de la última plaga y fue todavía objeto de persecución, en plena liberación. El Dios de la vida había endurecido el corazón del faraón para que sea testigo de Su poder. Hoy no sólo esta endurecido el corazón soberbio de Trump sino de sus lacayos como Bolsonaro, Duque, Piñera, Moreno, Almagro, o los golpistas autoproclamados en Bolivia. En el tiempo mesiánico nada sucede por casualidad, porque es la historia misma que comparece ante un presente revolucionario que se propone la redención final. La liberación verdadera sólo puede conducir a la redención final y eso es lo que despierta la lucidez macabra de la dominación y la hace apostar por una “solución final”.

Por eso una cosa es recluirse y otra, muy distinta, encontrarse. Sólo retornando a la esencia comunitaria de la vida misma es que se podrá superar el encierro y transformarlo en apertura y trascendencia. Todo radica en la intencionalidad de lo que uno se propone. Sólo la mentalidad individualista se recluye y se encierra. Una subjetividad comunitaria se encuentra y se reconoce como pueblo. Ser pueblo es entonces una experiencia trascendental, una epifanía, que se manifiesta en una situación límite, como es la que estamos viviendo como humanidad en plena crisis civilizatoria.

La Paz, Chuquiago Marka, Bolivia, 22 de marzo de 2020

 

*Pensador, escritor y conferencista. Autor de numerosos artículos, ensayos y más de 10 libros sobre literatura, filosofía y política. Su último libro se denomina: “El tablero del siglo XXI: geopolítica des-colonial de un nuevo orden post-occidental”.

 

 

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