La otra TRANSICIÓN: demócratas en la oposición, autoritarios en el poder*

Por: Jorge Richter**
Noviembre es un mes que, en la historia de Bolivia, se encarga de recordarnos que nuestras convicciones democráticas tienen una dimensión apenas mediana, que cíclicamente esa encendida defensa por la democracia y la libertad, son, mayormente, palabras vacías de confianza ante el solo hecho de un cambio en las circunstancias de poder que de pronto nos revelan favorables.
Fue en noviembre del año 79, cuando la irracionalidad política se apoderó de ciertos militares y políticos de tradición del MNR y MNRI, desatando, el primero de aquel mes, una aventura de 16 días que le dejó al país familias tocadas por el drama de aquellos 100 muertos y medio centenar de heridos. Noviembre nuevamente mostró la sangre de los bolivianos y esa inexplicable y obsesiva tarea por destruir el sistema democrático. El desvarío también alcanzó a quienes justificaron el golpe arguyendo intenciones prorroguistas del presidente interino Walter Guevara Arze. Es cierto que Guevara propuso un interinato de dos años señalando razones de tiempo para atender la crisis económica del país, no obstante, el Parlamento de entonces fue taxativo: solo un año con la única tarea de convocar y administrar el proceso electoral.
La locura de Natush Busch no tuvo vida larga. Se atrevió a mucho en la represión, diríamos que no tuvo pausa, pero mantuvo cierto respeto con el Congreso Nacional. Allí, los parlamentarios de aquel memorable Poder Legislativo negociaron de forma intransigente desechando una y otra vez la pretensión militarista de Natusch de un gobierno civil militar. Existió, en aquellas horas, una plena conciencia institucionalista y un espíritu inalterable ante la presión y la intimidación militar: la salida solo podía constituirse en democrática y así fue. A las siete de la noche de aquel 16 de noviembre, cuando la tarde ya se apagaba, en el hemiciclo mayor de la legislatura boliviana, Lidia Gueiler Tejada le juraba a Bolivia toda que, como presidenta interina, conduciría al país hacia la recuperación de la institucionalidad democrática. Cumplió su juramento y también su palabra. Las elecciones se realizaron el 1ro de julio de 1980. Fue una contienda electoral limpia donde la presidenta veló por el necesario equilibrio y la transparencia plena de unos comicios que enaltecen su aporte y la inscriben como una demócrata absoluta.
La transición política es un momento de excepción, implica la ruptura de un sistema y el declive de una época y expresa, en ese mismo momento, el inicio de una nueva reconfiguración del poder político. Se establece de hecho un escenario donde se estipulan los pactos sobre las reglas de juego político que suelen estar señalados por tres elementos: elecciones limpias y competitivas, interacciones calculadas y resultados contingentes.

Disolver un régimen abre consecuencias inadvertidas y repentinas, por ello son procesos dinámicos, imprevisibles y etéreos. Las transiciones descubren que su elemento más sensible e indefinido son las reglas que normarán el proceso transitorio a una mejor democracia. Ahí se desarrolla el juego de poder, un espacio donde la certidumbre de la palabra empeñada simplemente no encuentra acomodo. Refiriéndose a esa dinámica política, Guillermo O´Donnell nos habla, con prudencia, de transiciones que “representan un ajedrez de múltiples niveles” entre actores dominantes con monopolio de los factores de poder y los sectores opositores.
Cuando la transición modifica su propósito democratizador y se torna en un esquema de poder, produce una crisis que lo convierte en un régimen con elementos autoritarios, esto es, una reinterpretación subjetiva de las reglas básicas que determinan el trazado hacia la democratización, incorporando factores de incertidumbre respecto del curso direccionante de la política. Este hecho expresa una segunda ruptura, ya no solo la del sistema decadente, sino del momento de diálogo, de los acercamientos y de la necesaria pacificación y desactivación de las piezas en conflicto. Se produce un quiebre y una polaridad entre actores estratégicos del contexto de crisis y se avanza hacia espacios de baja legitimidad e institucionalidad mediatizada. La democratización del sistema, que es elemento fundamental de un proceso de transición, ingresa en suspenso. Esta doble ruptura, desestima la alquimia del diálogo reduciendo el proceso a un solo hecho insuficiente, el electoral.
Noviembre de 2019 señala para Bolivia el inició de un proceso de transición articulado por la vieja partidocracia. La transición boliviana marcó en su agenda una tarea fundamental, la pacificación del país. Pacificar significaba un aprendizaje dialogado en el aprender a convivir, socialmente, con nuestras diferencias. Pacificar también exigía volver al orden institucional y ello era promover inmediatamente un proceso electoral, equilibrado y transparente.
La melancólica realidad muestra un giro anímico en la conducta de quien administra el momento transitorio. Expropia sombríamente la transición a todos los bolivianos y vuelve a redefinir las reglas del juego político, desafía las libertades extendidas sobrecargando peligrosamente su poder hasta tornarlo amenazante. Así, la transición se transformó en esquema de poder. Los factores de poder con incidencia decisiva en la acción política han sido dispuestos para una labor de inquietar y mediatizar el proceso electoral y las libertades esenciales.
No se construye libertad y democracia con restricción de libertades y democracia mínima. En los discursos de quien administraba el extinto proceso de transición hay una exhortación a confiar nuevamente en lo que afirma, en que no hará uso de su dominio absoluto. Leído el mensaje, acciona su poder y la política judicializada nuevamente opera. Sin lograr evitarlo, estos políticos viven su propia transición, van por la vida arropados en un discurso de demócratas, pero el poder los devela en su verdadera esencia: seres autoritarios y ensimismados mientras transcurren los escasos minutos que dura el poder.
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*Artículo publicado en el diario “La Razón”.
**Politólogo, comunicador, especialista en comunicación política y análisis de escenarios.

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