“La juventud es más que una palabra”

Mario Margulis

 

                                                                                                        Por: Fabiola Omonte

Resumen

Luego de cuatro años de promulgada la ley de la juventud la cual establece la fecha del 21 de abril como día municipal de la juventud sucrense, es momento oportuno para seguir reflexionando con que ojos seguimos percibiendo a la juventud  a pesar de que se hayan tenido avances en la elaboración y ejecución de políticas públicas para este sector, estas se tornan poco efectivas si aún el reconocimiento de sus formas de ejercer ciudadanía no encajan en los modelos convencionales de ciudadanía: el civil, político y social.

Desarrollo

Hablar de la categoría de juventud es complicado porque no solo se reduce a una cuestión de edad, a un estado, a una condición social o fase de la vida, más allá de todo lo anterior, es una categoría dinámica, histórica y cultural en permanente construcción. Autores como Margulis (2001), Taguenca (2009), Reguillo (2003) y Yapu (2008), han realizado en la última década aportes en las temáticas relacionadas al área de sociología de las juventudes, proponiendo una mirada teórica en cuanto a las vivencias, significados, valoraciones y percepciones de los jóvenes desde lo latinoamericano hasta lo nacional.

La principal problemática que rodea al concepto de juventud es la imprecisión y ambigüedad del término, se ha ido definiendo a la juventud principalmente como categoría socialmente constituida únicamente desde la dimensión etaria biologisista, que considera a la etapa juvenil determinada por el desarrollo psicofísico y sexual del sujeto que ocurre entre cierto rango de edad. Ante esta posición unidimensional surge la posición poli dimensional que por el contrario considera a la juventud en sus dimensiones no solo etarias sino también fácticas, materiales, históricas y políticas, en la que cada generación establece sus propios códigos y que a su vez cada generación no comparte los mismos códigos y experiencias con anteriores u otras generaciones.

No es lo mismo ser joven en la época de las dictaduras en los años 80 o ser joven en la época de pre y post constituyente, las temporalidades no coinciden y justamente por esa posición histórica, se diferencia a las generaciones actuales de las precedentes, no por la clase social sino por la memoria social acumulada.

Los jóvenes dependiendo de las condiciones económicas y a la  clase social a la que pertenezcan pueden retrasar o ganar tiempo para cumplir las obligaciones de la etapa adulta, esto es, que los jóvenes de clase alta y media ingresan a la vida adulta en mayor tiempo postergando el matrimonio y el trabajo en relación a jóvenes de clase popular que por necesidad económica suprimen los estudios y profesionalización para trabajar ingresando de esta manera a la  vida adulta en menor tiempo.

Por lo tanto el joven se construye desde diferentes modalidades culturales  desde un marco institucional (familia, escuela, etc.), generacional, clase social, género, crédito vital y por supuesto desde lo etario. Aclarando que el periodo juvenil en sectores populares es más corto y más largo en sectores medios y altos, sucediendo lo mismo con la diferenciación de género entre hombres y mujeres.

Esta perspectiva constructora de la juventud ha generado una batalla contra la perspectiva adulto centrista que niega el “presente de joven” sustituyéndolo por el “futuro de adulto” para ser reproducido en las distintas esferas de poder de una cultura hegemónica (la adulta); en la que los jóvenes alternamente como respuesta  se afirman a partir de su presente (y no desde su futuro)  generando sus propias construcciones (transformadora) y creando subculturas que obviamente son negadas por la cultura hegemónica que los margina y estigmatiza.

Siguiendo a Reguillo (2003) la ciudadanía es una necesidad de definición y protección, es una categoría de mediación entre el Estado y el sujeto, siendo los mecanismos de la ciudadanía las obligaciones y los derechos que equilibran la libertad y la seguridad. Sus características y cualidades son pertenecer a alguna clase establecida desde el Estado.

Sin embargo el Estado y los gobiernos aun perciben y conciben de forma incorrecta el concepto de ciudadanía prevaleciendo las siguientes miradas:

  • Se sigue considerando la ciudadanía como una “concesión” político electoral.
  • La idea de la ciudadanía tutelada por el Estado para los jóvenes menores.
  • Indefensión de los jóvenes menores frente a las instituciones públicas.

Correlativamente a lo anterior aun predominan los siguientes modelos de ciudadanía:  El civil, en el que no hay inclusión de todos los sujetos ya que las evidencias empíricas señalan la vulnerabilidad en la que se encuentran los sujetos frente al Estado, en el segundo modelo, el político, no se ejerce el derecho a la participación porque deja fuera del ámbito de las decisiones especialmente a grupos y sectores vulnerables ya que no logra admitir las diferencias culturales políticas, y  el tercer modelo, el social, las políticas económicas neoliberales del Estado de bienestar han reducido las políticas públicas al acceso de ciertas garantías sociales que no han mejorado la situación de pobreza (Reguillo, 2003).

Por todo esto es necesario replantear la concepción de ciudadanía en su insuficiencia formal que excluye otras formas de ciudadanía, como la ciudadanía juvenil que está restringida desde lo etario, al considerar a los menores carentes no solo de derechos políticos sino también de capacidad de involucrarse como sujetos de derechos políticos. En la forma común la ciudadanía es una concesión que considera clientes electorales  a los individuos y en la cual los jóvenes menores de edad no son atractivos para esta lógica, por lo que se ha puesto de manifiesto las graves dicotomías al poner de un lado la inclusión ciudadana de los jóvenes al ser sujetos de derechos y a la vez sujetos imputables.

En el caso de América Latina existe un considerable electorado joven que a su vez se encuentra alejado de la política, existe una brecha entre instituciones y actores sociales que ha ganado espacio repercutiendo principalmente en el desistimiento de asuntos de interés colectivo, el triunfo de la mercadotecnia política y crimen organizado ha llenado el espacio dejado por la política. Los Estados nacionales están lejos de aplicar políticas niveladoras y en su caso las reemplazan con políticas compensatorias que  carecen de instancias organizativas en el plano político donde los jóvenes no logran generar estrategias de acción colectiva.

Si bien en las anteriores esferas de ciudadanía la participación es restringida para los jóvenes[1], Reguillo (2003) introduce una cuarta esfera: “las ciudadanías culturales” desde donde se puede reconfigurar el concepto de ciudadanía juvenil, entendiendo ésta como: “la participación de los jóvenes, con sus derechos y deberes ciudadanos, tanto en lo cotidiano como en los espacios de toma de decisiones políticas” (Yapu, 2008).

En el caso de Bolivia dentro del mandato presidencial de Evo Morales se ha creado el Viceministerio de Igualdades y Oportunidades y la Secretaria de Juventudes que dependen del Ministerio de Justicia, establecida como una política pública de tipo niveladora que tiene el desafío y gran reto de agendar las demandas específicas de jóvenes de diversas características socio económicas (indígenas, estudiantes, trabajadores, urbanos, rurales, etc.) desde lo nacional, departamental, regional y municipal a través de políticas estatales orientadas a la generación de empleo, educación sexual y capacitaciones para la elaboración de proyectos (Yapu, 2008). Y a nivel local está pendiente la construcción del plan municipal de la juventud que oriente las políticas públicas plasmadas en la ley municipal.

Conclusiones

Los jóvenes configuran una categoría social por derecho propio que desafía los modos tradicionales e históricamente construidos en la representación en el espacio público, organización social y la participación. Y que a pesar de la definición restringida de la ciudadanía los jóvenes se sienten ciudadanos decidiendo en que causas involucrase ya sea a través de la música, expresiones culturales, uso del cuerpo, etc. Que son formas de insertarse socialmente culturizando la política, que no es más que  mirar la política desde la cultura. Por lo tanto es un error pensar que los jóvenes son receptores pasivos porque ejercen una ciudadanía cultural que se incorpora a las dimensiones: civil, política y social. Las ciudadanías culturales ponen en debate aspectos que no fueron considerados por las otras formas haciendo visibles los olvidos y exclusiones.

Bibliografía consultada

Reguillo, R. (2003). Ciudadanías juveniles en América Latina. Ultima Década, 20.

Sandoval, M. (1998). La relación entre los cambios culturales de fines de siglo y la participación social y política de los jóvenes. En F. d. Naciones, Participación y Desarrollo Social en la adolescencia (Págs. 147-164). San José: Fondo de población de Naciones.

Taguenca, J. A. (2009). Concepto de Juventud. Revista Mexicana de Sociología (71), 159 – 190.

Yapu, M. (2008). Jóvenes aymaras, sus movimientos, demandas y políticas públicas. La Paz: PIEB.

[1] Según el nivel de participación de los jóvenes en espacios políticos Sandoval (2001) categoriza en cinco tipos de ciudadanía de forma ascendente:  la denegada, la de segunda clase, la despreciada, la latente y la construida, siendo las tres primeras categorías las más frecuentes en los jóvenes donde la participación de estos es mínima, por la falta de espacios y sentido para ser partícipes de una sociedad que insiste en comprender a la juventud actual desde los parámetros con los que se hacía en la década de los sesenta y setenta.