Por: Boris Arturo Crespo Toranzo

“Los nacionalismos son, por su propia naturaleza, reaccionarios. Representan la tendencia contraria a la creación de los grandes Estados, al desarrollo en gran escala de los medios de producción y comunicación. Anteponen sus mezquinas aspiraciones nacionales a la revolución. Y esto es así desde el primer momento. Cada vez que se presenta una gran ocasión histórica, una gran revolución, ellos toman el bando de la contrarrevolución.”

Madrid Emilio

El periodismo es una disciplina de las ciencias de la comunicación, por tanto es un fenómeno social; es una actividad humana concentrada en una necesidad colectiva fundamental: Diseñar y configurar flujos de información y re-presentación de hechos y acontecimientos que —constituyéndose en un bien y recurso social, ya que es el principal insumo en la dinámica compleja de la toma de decisiones— disminuyan el grado de incertidumbre generada por una realidad múltiple, compleja y de cambio acelerado. En consecuencia el periodismo cumple una función fundamental, interpretar, dar cuenta, reportar a la sociedad hechos y acontecimientos que incurren en el devenir histórico y coyuntural del mundo.

Al ser, el periodismo, una actividad humana centrada en la configuración de redes de información y comunicación, es, a su vez, un acontecimiento, un hecho producto del trabajo, por tanto está sujeto a la estructura de los modos y medios de producción emergentes de la división social del trabajo. Como modo de producción, el periodismo, crea sentidos, es decir produce significados; significados que devienen en lenguaje lo que, a su vez, promueve un intercambio de valores que el orden social se encarga de reproducir y jerarquizar en escalas y niveles de verdad.

Como acontecimiento, el periodismo re-presenta hechos y al representarlos necesariamente los interpreta. Es importante establecer aquí la gran ruptura que implica la diferencia entre el discurso funcionalista de los medios de comunicación masiva y el crítico estructural de la actividad mediatizada propiamente dicha. Por un lado, el funcionalista, define el discurso mediático de un periodismo aséptico, neutro, no contaminado de realidad, un periodismo constituido en la envoltura mediática de la objetividad suprema. Por el otro, el crítico estructural, nos advierte sobre las series limitaciones y distorsiones de la posición funcionalista ya que la realidad, sea cual fuere, no es más que el espacio de la representación, siempre estará interpretada por la mediatización de los sentidos y, en definitiva, por el gran tejido ideológico determinado por la trama mercantil del espacio de producción y sentido de los medios de comunicación.

Es en ese punto donde se debe establecer con claridad la gran ruptura que des-cubre la mediatización de la trama ideológica de los medios de comunicación masiva, expresada en el discurso del poder que apela al recuento de verdades objetivas, cuando no es mas que un producto intercambiado de sentidos que responden a construcciones políticas que expresan opiniones de la clase dominante, interpretando las tendencias ideológicas del espacio hegemónico global dominante, empaquetadas en noticias que reproducen hechos re-creados en versiones de esas verdades construidas y teñidas de ideología.

Este marco nos sitúa en el escenario híper mediatizado de la crisis provocada en Venezuela y los intentos de intervención, tanto de las fuerzas opositoras al régimen de la revolución bolivariana, como del concierto internacional alineado al fin hegemónico del espacio de dominación mundial. Se presenta un bombardeo sistemático de noticias y reportajes cuyo sentido revela el proceso de producción periodística de mensajes que, bajo el rótulo de “noticia de último momento” o “desde el lugar de los hechos” proyectan construcciones escénicas y encuadres seleccionados de realidades que reflejan la mirada de ellos —de la clase conservadora constituida en oposición al régimen popular que promueve el cambio, en consecuencia la pérdida de sus privilegios— y, por ende, de un relato y discurso ideologizado que, apelando a emocionalidades estandarizadas, acusan, calumnian, denigran y amenazan, creando escenarios de violencia simbólica.

El fin periodístico dosificado por los medios masivos, es el de desinformar, desmovilizar y acelerar el grado de incertidumbre para generar demanda sostenida de información ante la angustia generalizada y dosificada con relatos alargados en el suspenso, manteniendo atención cautiva entre los incansables minutos correspondientes a las tandas publicitarias y spots, cuñas o avances épicos que muestran a los héroes, defensores de la libertad, la democracia y la razón “civilizada” del bien que lucha contra el eje diabólico e insensato del mal.

La información suspendida en “picos de atención” desinforma, acelera in crescendo el grado de incertidumbre para sembrar miedo (recurso fundamental en la estrategia de la llamada “guerra de quinta generación”), con discursos encendidos de nacionalismo patriotero y valores escamoteados al sentido político de los pueblos que luchan por su emancipación. El robo semántico, del sentido de los valores humanos fundamentales, se desplaza hacia la producción ideológica de mensajes que reportan pseudo realidades y medias verdades disfrazadas de civismo exacerbado y extendido al mundo de la farándula —de puestas en escena, donde el periodismo se mezcla con el escándalo mediático del show— donde es menester incorporar reportajes que reflejan las opiniones de artistas notables (aquellos abiertamente identificados con la ideología dominante), que hablan y cantan en su lenguaje, además de uno que otro cantante ingenuo dedicado a los problemas del corazón. En consecuencia, las pulsiones de las élites locales deseantes, que añoran el retorno a sus espacios de poder y privilegios, participan activamente, en la trama ideológica de los medios, amplificando sus efectos en las redes sociales y aplicaciones web.

En este sentido el fenómeno de la comunicación masiva se refleja como un proceso de construcción ideológica y política de sentidos —de codificación social—, que opera en el espacio cultural dominante: el mar ilustrado del conocimiento, la ciencia y la tecnología. Así, el proceso de producción de mensajes emerge de las leyes de la cultura del mercado como algo definido y acabado, el fetiche constituido en discurso, sujeto a un modo y medio de producción, como modo de significación. Este es el núcleo en el que la condición multidimensional de la relación conocimiento, ciencia y tecnología, como discurso del poder, encierra una trampa: la de poder administrar y gestionar el discurso de la verdad, una verdad encerrada, enclaustrada, en el dominio de la objetividad que sobreviene en el relato mitológico de su naturaleza científica. En consecuencia, el lenguaje devine en conocimiento, el conocimiento en ciencia y la ciencia en tecnología para estructurar el pensamiento dominante (como discurso del poder) y la imposición del discurso de la verdad.

En éste núcleo, sin embargo, no es la ciencia, ni el conocimiento ni la tecnología per se las que estén sometidas a la crítica; es el discurso y el uso de éste, como acontecimiento trascendente y su pretensión de verdad universal: La elaboración del discurso periodístico como noticia y la puesta en escena [re-creación hollywoodesca del camión incendiado de USAID en el puente fronterizo “Tomatitas”, colombo/venezolana, que transportaba máscaras de gas, cables, clavos, pitos, etc. empaquetados bajo el rótulo de “ayuda humanitaria”, imagen dramática que dio vueltas el mundo amplificado y comentado con las firmas transnacionales de la información], su incuestionabilidad noticiosa, objetiva, inserta en la cultura sumisa y demandante de tragedias y novedades, fiel reflejo de la colonialidad dependiente.

Por tanto, el conjunto de principios organizadores de los procesos sociales, políticos, económicos y culturales que subyacen al entramado del fenómeno de la dependencia y legitimación hegemónica del discurso del poder, radican en el empaquetamiento plástico y flexible de abstracciones propias de la “modernidad líquida” y alienante tales como sociedad del conocimiento, la era de la tecnología y, la era de la información objetiva de la verdad, tiempos modernos de progreso, democracia y libre mercado; en fin, la era de la revolución científico tecnológica de las sociedades y el mundo.