Por: Franz Barrios Villegas

Desde Enero del 2006 han pasado ya trece años en los que Bolivia ha experimentado una marcha insólita y novedosa. El camino y la decisión de fijarse un destino han sido bautizados como “el proceso de cambio”. Es inobjetable que todas y todos hemos estado involucrados, de alguna manera, en este emprendimiento histórico.

La proximidad de las elecciones generales de octubre de este año es un buen motivo para preguntarnos: ¿Qué cambios significativos ha tenido nuestro país?

Cambio social: Empezando por lo social, es decir, por la composición de la sociedad boliviana, el cambio histórico parece haberse producido en una profundidad prácticamente irreversible. De una colectividad nacional fragmentada en partes desiguales y sin vínculos estrechos, con dos mundos distanciados entre lo urbano y lo rural, con muros infranqueables que determinaban situaciones de exclusión y aislamiento, estamos viviendo una experiencia inédita y reconfortante. El 6 de Agosto del 2006, ante la Casa de la Libertad, en Sucre, Bolivia se miró ante un espejo imaginario de grandes dimensiones en el que nuestra composición orgánica y social mostraba una extraordinaria variedad de colores: de una gran nación constituida por muchas naciones, etnias y culturas que lograron superar sus penurias. Nos hemos imaginado como un témpano gigantesco invertido que repentinamente salió a flote para mostrarse en toda su plenitud. A veces hemos acudido a la figura de un gigante que, estando dormido por casi cinco siglos, abrió los ojos, decidió levantarse y resolvió caminar hacia el futuro. El cambio social significa, en lo concreto, que el pueblo boliviano pudo redimir su identidad.

Cambio económico: La realidad económica, hasta diciembre de 2005, mostraba a Bolivia  como  un país atrasado y dependiente, con gente condenada en la extrema pobreza, sin caminos ni horizonte y despojado de sus recursos naturales. En trece años laboriosos, tenemos una situación cualitativamente distinta. Hemos roto esquemas y paradigmas de una ideología económica de corte capitalista, aparentemente invulnerable. Nuestros gobernantes  han tenido la osadía de ensayar una estrategia propia: recuperar  la propiedad de nuestros recursos naturales para incrementar la riqueza económico-financiera en beneficio directo del pueblo; desatar una atrevida estrategia de inversión pública productiva y social; fortalecer las empresas estatales concediendo un espacio legítimo al sector privado, “bolivianizar” la moneda, inyectar incentivos a nuestra economía interna y esbozar una plataforma estratégica en materia industrial, entre otras medidas. El reconocimiento explícito de organismos internacionales y de muchos países a la estabilidad económica de Bolivia, a su crecimiento sostenido y al grado de seguridad y confianza, son manifestaciones inobjetables del cambio económico alcanzado. Para obtener estos resultados hemos manejado con sensatez e inteligencia una estrategia de fortalecimiento sin provocar la ira del sistema. Dicho en términos más sencillos y comprensibles hemos construido una balsa de Totora, digna y soberana, que hoy navega en el agitado mar capitalista.

Cambio político: Como tercer campo de batalla teníamos el desafío de transformar la estructura y el funcionamiento del Estado, es decir, de la superestructura jurídico-política dominante. Seguramente ha sido la misión más difícil. Conviene destacar los alcances y las limitaciones de este empeño:

  • En el tejido jurídico-normativo el mayor logro ha sido, sin lugar a dudas, la aprobación de una nueva Constitución Política que equivale a tener un nuevo plano de construcción estatal. De un micro-estado que optó por una forma simple, vertical y centralista, divorciado de la sociedad y prácticamente ausente en el territorio nacional, hemos, estamos construyendo un modelo estatal compuesto, horizontal, autónomo y enraizado en el seno del pueblo.
  • El Estado plurinacional vigente tiene una presencia real en todo el territorio nacional y justifica su existencia en la misión de servicio que cumple en beneficio de toda la sociedad boliviana. El ordenamiento jurídico en general ha merecido en estos últimos años un nuevo tejido normativo que se evidencia en muchas leyes fundamentales.
  • La estructura del nuevo Estado plurinacional se exhibe en la institucionalidad de nuevos órganos a nivel nacional, departamental y municipal, en un despliegue de entidades autónomas y descentralizadas con facultad legislativa y en el manejo desconcentrado de los recursos públicos, aunque todavía muy débiles por no haber recibido el respaldo del voto ciudadano.
  • En la innovación de los sistemas que deberían mover la nueva estructura estatal el ritmo ha sido más bien lento, híbrido y hasta contradictorio. Por ejemplo, el sistema político sigue manteniendo funciones y prácticas del modelo partidocrático del pasado, salvo la reciente ley de organizaciones políticas. Es intrascendente el reajuste del sistema administrativo así como muy limitado el cambio en el sistema coercitivo o represivo del Estado.

Cambio ideológico: La situación en el ámbito ideológico sigue siendo el más crítico. La sólida compactación de la superestructura ideológica sigue manteniéndose como un acantilado inexpugnable con pequeñas fisuras que apenas se perciben como factores de un cambio cualitativo a largo plazo. Veamos sus principales manifestaciones por regiones ideológicas:

  • La “religión” como ideología dominante e invisiblemente incisiva sigue manteniéndose como un factor determinante. Pese al fraccionamiento de la religión católica en numerosas iglesias evangélicas o cristianas esta región ideológica se impone desde la colonia como una columna invulnerable. Sigue siendo una trinchera conservadora fuertemente arraigada en el sentimiento de la gente. Su institucionalización juega un papel decisivo en la legitimidad y vigencia del viejo modelo estatal. La misma “ideología religiosa originaria” ha tenido que aceptar la vigencia del sincretismo para mantener sus limitados espacios genuinos.
  • En el aspecto económico  la ideología que se ha impuesto de manera contundente es la del capitalismo con todos sus puestos de avanzada, no sólo a nivel de los operadores públicos que tienen que ver con el funcionamiento del Estado y de las políticas públicas sino en los sectores claves de la economía nacional. Por esta vigencia y expansión ideológica es que el proceso de cambio ha tenido que luchar a brazo partido para ensayar un nuevo contenido más incluyente, más sensible a las necesidades desatendidas de la sociedad y sobre todo más humano y justo.
  • La ideología política, que podría identificarse como la concentración más densa y activa del comportamiento ciudadano, se ha mantenido en un nivel superficial y de estancamiento. Las confrontaciones coyunturales entre oposición y oficialismo han incentivado un clima de inmadurez y superficialidad. Sobre todo la oposición ha elegido el camino del escándalo, del juego sucio y la superficialidad.
  • Los partidos políticos han perdido la calidad de ser representantes idóneos de la democracia representativa. Hoy se agitan en los niveles mínimos de viabilidad por haber perdido la confianza ciudadana. Al no cultivar propuestas estratégicas en torno al proceso que vive el país se han convertido en simples portavoces de presiones externas.
  • El sistema educativo, como importante región ideológica, ha merecido una atención especial aunque sus objetivos se han limitado a un simple reacomodo curricular. Son encomiables los esfuerzos para implementar la reforma educativa y ofrecer, por ejemplo, la alternativa de las universidades indígenas a nivel superior, aunque los resultados no han sido los esperados.
  • Las universidades públicas, por ejemplo, siguen encapsuladas en un fanal de autonomías privilegiadas agravando su aislamiento respecto a las necesidades de la sociedad.
  • Y como fenómeno impactante han llegado las redes sociales y los medios de comunicación modernos para inundar y descargar sobre la opinión pública una ideología nociva e incontenible.